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¬ęEl rey de los ladrones¬Ľ

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‚úí Autor
ūüďĖ Paginas1
‚Źį Tiempo de leer 30 minutos
ūüí° Fecha de publicaci√≥n1843
ūüĆŹ Idioma original Alem√°n
ūüďĆ Tipo Cuento de hadas
ūüďĆ G√©neros Literatura infantil, Aventura, par√°bola

Leer el libro

Un anciano estaba sentado a la puerta de su pobre casa, en compa√Ī√≠a de su mujer, descansando tras su jornada de trabajo. De pronto lleg√≥, como de paso, un magn√≠fico coche tirado por cuatro caballos negros, del cual se ape√≥ un caballero ricamente vestido. Levant√≥se el campesino y, dirigi√©ndose al se√Īor, pregunt√≥le en qu√© pod√≠a servirlo. El forastero estrech√≥ la mano del viejo y dijo:
- Sólo quiero un plato de los vuestros, sencillo. Preparadme unas patatas, como las coméis vosotros; me sentaré a vuestro mesa y cenaré con buen apetito.
El campesino respondió, sonriendo:
- Seguramente sois alg√ļn conde o pr√≠ncipe, o tal vez un duque. Las personas de alcurnia tienen a veces caprichos extra√Īos. Pero el vuestro ser√° satisfecho.
Fue la mujer a la cocina y se puso a lavar y mondar patatas, con la idea de guisar unas albóndigas al estilo del campo. Mientras ella preparaba la cena, dijo el campesino al viajero:
- Entretanto, venid conmigo al huerto, pues a√ļn tengo algo que hacer en √©l -. Hab√≠a excavado agujeros para plantar √°rboles.
- ¬ŅNo ten√©is hijos que os ayuden en vuestra labor? - pregunt√≥ el forastero.
- No - respondi√≥ el campesino -. Uno tuve, pero se march√≥ a correr mundo hace ya mucho tiempo. Era un chico descastado; listo y astuto, eso s√≠, pero se empe√Īaba en no aprender nada y no hac√≠a sino diabluras. Al fin huy√≥ de casa, y nunca m√°s he sabido de √©l.
El viejo cogió un arbolillo, lo introdujo en uno de los agujeros y, a su lado, colocó un palo recto. Luego llenó el foso con tierra, y, cuando la hubo apisonado muy bien, ató el árbol al palo por arriba, por abajo y por el medio, con cuerdas de paja.
- Decidme - prosigui√≥ el caballero -, ¬Ņpor qu√© no at√°is aquel √°rbol torcido y nudoso del rinc√≥n, aquel que se curva casi hasta el suelo, a un palo recto, como hac√©is con √©ste, para que suba derecho?
Sonrió el campesino y dijo:
- Se√Īor, habl√°is seg√ļn entend√©is las cosas. Bien se ve que nunca os hab√©is ocupado en jardiner√≠a. Aquel √°rbol es viejo y deforme; ya es imposible enderezarlo. Esto s√≥lo puede hacerse cuando los √°rboles son j√≥venes.
- Lo mismo que con vuestro hijo - replic√≥ el viajero -. Si le hubieseis disciplinado de ni√Īo, no se habr√≠a escapado; ahora debe haberse vuelto duro y viciado.
- Sin duda - convino el labriego -. Han pasado muchos a√Īos desde que se march√≥; habr√° cambiado mucho.
- ¬ŅNo lo reconocer√≠ais si lo tuvieseis delante? - pregunt√≥ el se√Īor.
- Por la cara, dif√≠cilmente - replic√≥ el campesino -; pero tiene una se√Īal, un lunar en el hombro, en forma de alubia.
Al oír esto, el forastero se quitó la casaca y, descubriéndose el hombro, mostró el lunar al viejo.
- ¬°Santo Dios! - exclam√≥ √©ste -. ¬°Pues es cierto que eres mi hijo! - y sinti√≥ revivir en su coraz√≥n el amor paterno -. Mas - prosigui√≥ -, ¬Ņc√≥mo puedes ser mi hijo, si te veo convertido en un gran se√Īor que nada en la riqueza? ¬ŅC√≥mo has llegado a esta prosperidad?
- ¬°Ay, padre! - respondi√≥ el hijo -, no atasteis el arbolillo a un poste recto, y creci√≥ torcido; ahora es ya demasiado tarde para enderezarse. ¬ŅC√≥mo he adquirido todo esto? Pues robando. Soy un ladr√≥n. Pero no os asust√©is. Me he convertido en maestro del arte. Para m√≠ no hay cerraduras ni cerrojos que valgan; cuando me apetece una cosa, es como si ya la tuviese. No vay√°is a creer que robo como un ladr√≥n vulgar; quito a los ricos lo que les sobra, y nada han de temer los pobres; antes les doy lo que quito a los ricos. Adem√°s, no toco nada que pueda alcanzar sin fatiga, astucia y habilidad.
- ¡Ay, hijo mío! - exclamó el padre -. De todos modos no me gusta lo que dices: un ladrón es un ladrón. Acabarás mal, acuérdate de quién te lo dice.
Lo presentó a su madre, la cual, al saber que aquel era su hijo, prorrumpió a llorar de alegría; pero cuando le dijo que se había convertido en ladrón, sus lágrimas se trocaron en dos torrentes que le inundaban el rostro. Dijo, al fin:
- Aunque sea ladrón, es mi hijo, después de todo, y mis ojos lo han visto otra vez.
Sent√°ronse todos a la mesa, y √©l volvi√≥ a cenar en compa√Ī√≠a de sus padres aquellas cosas tan poco apetitosas que no probara en tanto tiempo. Dijo entonces el padre:
- Si nuestro se√Īor, el conde que vive en el castillo, se entera de qui√©n eres y lo que haces, no te coger√° en brazos para mecerte, como hizo cuando te sostuvo en las fuentes bautismales, sino que mandar√° colgarte en la horca.
- No os inquietéis, padre, no me hará nada, pues entiendo mi oficio. Esta misma tarde iré a visitarlo.
Y al anochecer, el maestro ladrón subió a su coche y se dirigió al castillo. El conde lo recibió cortésmente, pues lo tomó por un personaje distinguido. Pero cuando el forastero se dio a conocer, palideció y estuvo unos momentos silencioso. Al fin, dijo:
- Eres mi ahijado; por eso usar√© contigo de misericordia y no de justicia, y te tratar√© con indulgencia. Ya que te jactas de ser un maestro en el robo, someter√© tu habilidad a prueba; pero si fracasas, celebrar√°s tus bodas con la hija del cordelero, y tendr√°s por m√ļsica el graznido de los cuervos.
- Se√Īor conde - respondi√≥ el maestro -, pensad tres empresas tan dif√≠ciles como quer√°is, y si no las resuelvo satisfactoriamente, haced de m√≠ lo que os plazca.
El conde estuvo reflexionando unos momentos y luego dijo:
- Pues bien: en primer lugar, me robarás de la cuadra mi caballo preferido; en segundo lugar, habrás de quitarnos, a mí y a mi esposa, cuando estemos durmiendo, la sábana de debajo del cuerpo sin que lo notemos, y, además, le quitarás a mi esposa el anillo de boda del dedo. Finalmente, habrás de llevarte de la iglesia al cura y al sacristán. Y advierte que te va en ello el pellejo.
Dirigi√≥se el maestro a la pr√≥xima ciudad; compr√≥ los vestidos de una vieja campesina y se los puso. Ti√Ī√≥se luego la cara de un color terroso y se pint√≥ las correspondientes arrugas, con tanta destreza que nadie lo habr√≠a reconocido. Finalmente, llen√≥ un barrilito de anejo vino h√ļngaro, en el que hab√≠a mezclado un sopor√≠fero. Puso el barrilito en una canasta, que se carg√≥ a la espalda y, con paso vacilante y mesurado, regres√≥ al castillo del conde. Hab√≠a ya cerrado la noche cuando lleg√≥. Sent√≥se sobre una piedra, p√ļsose a toser como una vieja bronqu√≠tica y a frotarse las manos como si tuviese mucho fr√≠o. Ante la puerta de la cuadra, unos soldados estaban sentados en torno al fuego, y uno de ellos, d√°ndose cuenta de la vieja, la llam√≥:
- Acércate, abuela, ven a calentarte. Por lo visto no tienes cobijo para la noche, y duermes donde puedes.
Aproximóse la vieja a pasitos, y, después de rogar que le descargasen la canasta de la espalda, se sentó con ellos a la lumbre.
- ¬ŅQu√© traes en ese barrilito, vejestorio? - pregunt√≥ uno.
- Un buen trago de vino - respondió ella -. Me gano la vida con este comercio. Por dinero y buenas palabras os daría un vasito.
- ¬°Venga! - asinti√≥ el soldado, y prob√≥ un vaso -. ¬°Buen vinillo! - exclam√≥ -. √Čchame otro -. Se tom√≥ otro trago, y los dem√°s siguieron su ejemplo.
- ¬°Hola, compa√Īeros! - grit√≥ uno a los que estaban de guardia en la cuadra -. Aqu√≠ tenemos a una abuela que trae un vino tan viejo como ella. Tomaos un trago, os calentar√° el est√≥mago mejor que el fuego.
La vieja se fue a la cuadra con su barril, encontr√°ndose con que uno de los guardas estaba montado sobre el caballo ensillado del conde; otro, sujetaba la rienda con la mano, y un tercero, lo ten√≠a agarrado por la cola. La abuela sirvi√≥ vaso tras vaso, hasta que se hubo vaciado el barrilito, y, al cabo de poco rato se le soltaba a uno la rienda de la mano y, cayendo al suelo, empez√≥ a roncar estrepitosamente. El que estaba montado, si bien continu√≥ sobre el caballo, inclin√≥ la cabeza hasta casi tocar el cuello del animal, durmiendo y resoplando como un fuelle; y el tercero solt√≥, a su vez, la cola que sosten√≠a. Los soldados del exterior, rato ha que dorm√≠an, tumbados por el suelo, como si fuesen de piedra. Al ver el maestro ladr√≥n que le sal√≠a bien la estratagema, puso en la mano del primero una cuerda en sustituci√≥n de la brida, y en la del que sosten√≠a la cola, un manojo de paja. Pero, ¬Ņc√≥mo se las compondr√≠a con el que estaba sentado sobre el caballo? No quer√≠a bajarlo, por miedo a que despertase y se pusiera a gritar.
Mas no tardó en hallar una solución. Desató la cincha y ató la silla a unas cuerdas enrolladas que pendían de la pared, dejando al caballero en el aire y, sacando al animal de debajo de la silla, sujetó firmemente las cuerdas a los postes. En un santiamén soltó la cadena que sujetaba al caballo y salió con él de la cuadra. Mas las pisadas del animal sobre el patio empedrado podían ser oídas desde el castillo, y, para evitarlo, envolvió las patas del animal con viejos trapos, lo sacó con toda precaución, montó sobre él y emprendió el galope.
Al clarear el día, el maestro ladrón volvió a palacio, caballero en el robado corcel. El conde acababa de levantarse y se hallaba asomado a la ventana.
- ¬°Buenos d√≠as, se√Īor conde! - grit√≥le el ladr√≥n -. Aqu√≠ os traigo el caballo que saqu√©, sin contratiempo, de la cuadra. Ved qu√© bien duermen vuestros soldados, y si quer√©is tomaros la molestia de bajar a la caballeriza, ver√©is tambi√©n cu√°n apaciblemente descansan vuestros guardas.
El conde no pudo menos de echarse a reír, y luego dijo:
- La primera vez te has salido con la tuya; pero de la segunda no escaparás tan fácilmente. Y te advierto que si te pesco actuando de ladrón, te trataré como tal.
Aquella noche, al acostarse, la condesa cerró firmemente la mano en la que llevaba el anillo de boda, y el conde, dijo:
- Todas las puertas están cerradas con llave y cerrojo. Yo velaré esperando al ladrón, y si sube por la ventana, lo derribaré de un tiro.
Por su parte, el maestro en el arte de Caco se fue a la horca, una vez oscurecido, cortó la cuerda de uno de los ajusticiados que colgaban de ella, y, cargándose el cuerpo a la espalda, lo llevó hasta el castillo. Una vez allí, puso una escalera que llegaba hasta la ventana del dormitorio y subió por ella, con el muerto sobre sus hombros. Cuando la cabeza del cadáver apareció en la ventana, el conde, que acechaba desde la cama, le disparó la pistola. El ladrón soltó el cuerpo y, bajando él rápidamente, fue a ocultarse en una esquina. La luna era muy clara, y el maestro pudo ver cómo el conde bajaba desde la ventana por la escalera y transportaba el cadáver al jardín, donde se puso a cavar un hoyo para enterrarlo.
- √Čste es el momento - pens√≥ el ladr√≥n, y, desliz√°ndose sigilosamente desde su escondite, subi√≥ por la escalera a la alcoba de la condesa.
- Esposa - dijo, imitando la voz del conde -, he matado al ladr√≥n. De todos modos, mi ahijado era m√°s bien un brib√≥n que un malvado-, no quiero entregarlo a la p√ļblica verg√ľenza; adem√°s, me dan l√°stima sus padres. Antes de que amanezca lo enterrar√© en el jard√≠n para que no se divulgue la cosa. Dame la s√°bana para envolver el cuerpo; lo enterrar√© como a un perro. La condesa le dio la s√°bana -. ¬ŅSabes qu√©? - prosigui√≥ el ladr√≥n -. Tengo una corazonada. Dame tambi√©n tu sortija. El infeliz la ha pagado con la vida, dejemos que se la lleve a la tumba.
La condesa no quiso contradecir a su esposo, y, aunque a rega√Īadientes, sac√≥se el anillo del dedo y se lo alarg√≥. March√≥se el ladr√≥n con los dos objetos, y lleg√≥ felizmente a su casa antes de que el conde hubiese terminado su labor de sepulturero.
Hab√≠a que ver la cara del buen conde cuando, a la ma√Īana siguiente, present√≥se el maestro con la s√°bana y la sortija.
- ¬ŅEres, acaso, brujo? - pregunt√≥le -. ¬ŅQui√©n te ha sacado de la sepultura en que yo mismo te deposit√©, y qui√©n te ha resucitado?
- No fue a mí a quien enterrasteis - respondió el ladrón -. sino a un pobre ajusticiado de la horca - y le contó detalladamente cómo había sucedido todo. Y el conde hubo de admitir que era un ladrón hábil y astuto.
- Pero todav√≠a no has terminado - a√Īadi√≥-. Te queda el tercer trabajo, y, si fracasas, de nada te servir√° lo que has hecho hasta ahora.
El maestro se limitó a sonreír.
Cerrada la noche, se dirigi√≥ a la iglesia del pueblo, con un largo saco a la espalda, un l√≠o debajo del brazo y una linterna en la mano. En el saco llevaba cangrejos, y en el l√≠o, candelillas de cera. Entr√≥ en el camposanto, sac√≥ un cangrejo del saco, le peg√≥ una candelilla en el dorso y la encendi√≥; sac√≥ luego un segundo cangrejo y repiti√≥ la operaci√≥n, y as√≠ con todos, y, deposit√°ndolos en el suelo, los dej√≥ que se esparciesen a voluntad. Cubri√≥se √©l con una larga t√ļnica negra, parecida a un h√°bito de monje, y peg√≥se una barba blanca. As√≠ transformado, cogi√≥ el saco en el que hab√≠a llevado los cangrejos, entr√≥ en la iglesia y subi√≥ al p√ļlpito. El reloj de la torre estaba dando las doce,
y, a la √ļltima campanada, grit√≥ √©l con voz recia y estridente:
- ¡Oíd, pecadores, ha llegado el fin de todas las cosas, se acerca el día del Juicio universal! ¡Oíd! ¡Oíd! El que quiera subir al cielo conmigo que se introduzca en el saco. Yo soy San Pedro, el que abre y cierra la puerta del Paraíso. Mirad allá fuera, en el cementerio, cómo andan los muertos juntando sus osamentas. ¡Venid, venid al saco, pues el mundo se hunde!
Sus gritos resonaban en el pueblo entero, y los primeros en oírlos fueron el cura y el sacristán, que vivían junto a la iglesia; y cuando vieron las lucecitas que corrían en todas direcciones por el camposanto, comprendiendo que ocurría algo insólito, entraron en el templo. Después de escuchar unos momentos el sermón, dirigióse el sacristán al cura y le dijo:
- Creo que no haríamos mal en aprovechar esta oportunidad -, así nos sería fácil llegar juntos al cielo antes de que amanezca.
- Cierto - respondió el cura -. También yo lo pienso; si os parece, vamos allá.
- S√≠ - asinti√≥ el sacrist√°n -. Pero vos, se√Īor p√°rroco, deb√©is pasar primero; yo os sigo.
Adelant√≥se, pues, el p√°rroco y subi√≥ al p√ļlpito, donde el ladr√≥n le present√≥ el saco abierto, en el que se meti√≥, seguido del sacrist√°n. Enseguida, el maestro lo at√≥ firmemente y, cogi√©ndolo por el cabo, se puso a arrastrarlo escaleras abajo. Y cada vez que las cabezas de los dos necios daban contra un pelda√Īo, exclamaba:
- Ya pasamos por las monta√Īas -. Luego fue arrastr√°ndolos del mismo modo a trav√©s del pueblo; y cuando pasaba por los charcos, dec√≠ales:
- Ahora atravesamos las h√ļmedas nubes - y, finalmente, al subir la escalera de palacio -: Ya estamos en la escalera del cielo, y pronto llegaremos al vest√≠bulo -. Una vez arriba, descarg√≥ el saco dentro del palomar y, al salir las palomas voleteando, dijo -: ¬ŅNo o√≠s c√≥mo se alegran los √°ngeles y aletean? -. Y, corriendo el cerrojo, se march√≥.
A la ma√Īana siguiente present√≥se al conde y le comunic√≥ que quedaba cumplida la tercera empresa, pues se hab√≠a llevado de la iglesia al cura y al sacrist√°n.
- ¬ŅY d√≥nde los dejaste? - pregunt√≥ el se√Īor.
- Arriba, en el palomar, dentro de un saco. Y se figuran que se hallan en el cielo.
Subió personalmente el conde y pudo cerciorarse de que el ladrón le decía la verdad. Cuando hubo liberado de su prisión al párroco y a su ayudante, dijo:
- Eres el rey de los ladrones y has ganado tu causa. Por esta vez salvas el pellejo; mas procura marcharte de mis dominios, pues si vuelves a presentarte en ellos, ten la seguridad de que ser√°s ahorcado.
El ladrón se despidió de sus padres, marchóse de nuevo a correr mundo, y nunca más nadie supo de él.
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