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«Lost Illusions» in Spanish

Book Lost Illusions in Spanish

Ilusiones perdidas

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Author
Pages:
608
Reading time:
42 hours 30 minutes
Genres
Psychological novel , Novels , Prose , Realistic novel , Novel of manners , Social novel
Originally published
1843
Original language
French

Table of contents

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Ilusiones perdidas: read the book

Primera parte. LOS DOS POETAS

Al señor

Usted, que, por el privilegio de los Rajad y de los Pitt, era ya un gran poeta a la edad en que los hombres son aú n tan pequeñ os, como Chateaubriand, como todos los verdaderos talentos, ha luchado contra los envidiosos emboscados tras las columnas, o agazapados en los subterrá neos del perió dico. Con tal motivo, tambié n deseo que su nombre victorioso ayude a la victoria de esta obra que le dedico, y que, según ciertas personas, será un acto de heroı́smo a la ves que una historia llena de verdad. ¿Acaso los periodistas no hubiesen pertenecido, como los marqueses, los inancieros, los mé dicos y los procuradores a Moliè re y a su teatro? ¿Por qué pues la Comedia Humana, que castigat ridendo mores exceptuarı́a una potencia, cuando la Prensa parisiense no exceptúa ninguna? Me considero dichoso de poder declararme de este modo, su sincero admirador y amigo.
DE BALZAC.
En la é poca en que esta historia comienza, la prensa de Stanhope y sus rodillos distribuidores de tinta no funcionaban aún en las pequeñas imprentas de provincias. A pesar de la especialidad que le pone en contacto con la tipografı́a parisiense, Angulema utilizaba siempre prensas de madera, de las que se ha conservado la expresió n "hacer gemir las prensas" que hoy en dı́a ya no tiene razó n de ser. La antigua imprenta utilizaba aú n los tampones de cuero, recubiertos de tinta, con los que uno de los prensistas frotaba los moldes. La plataforma mó vil en donde se coloca la forma, sobre la que se aplica la hoja de papel, era aú n de piedra y justi icaba su nombre de má rmol. Las devoradoras prensas mecá nicas han hecho hoy olvidar tan bien este mecanismo, al que debemos, a pesar de su imperfecció n, los bellos libros de Elzevir, Plantin, Aldo y Didot, que es necesario mencionar el viejo utillaje por el que Jé rô me-Nicolas Sé chard sentı́a un afecto supersticioso, ya que desempeñ a un papel en esta gran pequeña historia. Este Sé chard era un antiguo prensista, a quienes en su jerga los tipó grafos llamaban osos. El movimiento de vaivé n, que se parece bastante al de un oso en la jaula, mediante el cual los prensistas van del tintero a la prensa y de la prensa al tintero, les ha valido, sin duda alguna, este apodo. Pero, es a causa del continuo ejercicio que estos señ ores hacen para coger las letras en los ciento cincuenta y dos cajetines que las contienen. En la desastrosa é poca de 1793, Sé chard, que contaba unos cincuenta añ os, se encontró casado. Su edad y su matrimonio le habı́an librado de la gran movilizació n que llevó a todos los obreros al ejé rcito. El antiguo impresor se quedó solo en la imprenta, cuyo propietario acababa de morir, dejando una viuda sin hijos. El establecimiento parecı́a estar abocado, por lo tanto, a una inmediata desaparició n. El solitario oso parecı́a incapaz de convertirse en mono, ya que en su calidad de impresor nunca había sabido leer ni escribir. Sin tener en cuenta esta incapacidad, un representante del pueblo, que deseaba dar a conocer en seguida los decretos de la Convenció n, concedió al operario el privilegio de maestro impresor, encargá ndole o icialmente de este trabajo. Despué s de aceptar tan peligroso tı́tulo, el ciudadano Sé chard indemnizó a la viuda entregá ndole las economı́as de su mujer, con las que pagó el material que habı́a en la imprenta. Sin embargo, esto no era todo. Habı́a que imprimir sin la menor dilació n los decretos republicanos. En situació n tan apurada, Sé chard tuvo la suerte de encontrar a un noble marsellé s que no deseaba emigrar a ninguna parte para no perder sus tierras, ni tampoco ponerse en evidencia para no perder la cabeza, por lo que no podı́a comer si no era trabajando.
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